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<####@gmail.com> Archivos adjuntos 6 de diciembre de 2010 15:06
Para: Antonio Salsa <####@gmail.com>
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¿Serías tan amable de poner ese texto adjunto en una entrada de tu blog?
Eso sí, ruego que sea anónimo. Me gusta el anonimato para esas cosas. No importa quién lo dice sino lo que se dice.
Hace tiempo que tenía ganas de traducir a letras algunas sensaciones. Cosa harto difícil en este caso, pero bueno. Algo va ahí.
Me gustaría que la gente que te lee, ya sean alumnos, futuros alumnos o meros lectores, sepan qué sensaciones puede provocar esto del baile.
Yo era muy escéptica con estas cosas que ahora afirmo y que mi madre y mis tías, como buenas bailarinas que fueron en sus tiempos, me repitieron muchas veces y trataron de inculcarme sin éxito. Siempre fui una niña muy cabezona :-D.
Pero bueno, nunca es tarde y francamente creo que lo he descubierto a una magnífica edad.
Un beso y una rosa.
***
¿Quién no ha leído u oído hablar alguna vez sobre los beneficios del baile y de la música?
Facilita la circulación de la sangre y mejora el tono de la piel. Beneficia al sistema respiratorio. Mejora tu imagen porque quema calorías. Corrige las malas posturas. Fortalece la musculatura. Potencia la coordinación. Y es un buen ejercicio para el cerebro, porque mejora la concentración y la memoria.
Mentira.
Mienten quienes eso dicen.
Que no os mientan.
Aprender a bailar en un puto coñazo. Al principio, genera ansiedad, angustia, sensación de torpeza e impotencia. Algunas veces llegas a casa con ganas de llorar… Piensas, al borde de la depresión, que jamás serás capaz de conseguirlo. ¡Inútil de mierda!. Y si encima tienes la desgracia de contar con un profesor borde de cojones, un poco feo, gordito y viejecillo, como uno que yo me sé, has encontrado todas las papeletas para dar un portazo y no aparecer nunca más por este mundo de bailarines culiperfectos.
Bueno, los músculos se te ponen duros, eso es verdad, pero por la tensión y la ira que tu propia torpeza te generan, creo. Y, hombre, adelgazar igual adelgazas. Todo depende del color del cristal con que se mire y del tamaño del bocadillo que te comas después de clase…
Por favor, no vengáis. Apuntaos a Pilates, Yoga, Taichí. Cualquier cosa es mejor que esto.
Además, bailar es tremendamente aburrido. Y si no, que se lo digan a mi amigo el Capitán Monotonía.
Id a otro sitio, que no merece la pena, y este tío de El Cónsul es un borde y un fascista. Pero bueno, no es culpa suya: debe tener un abogado que le aconseja mal, como todos los abogados. Detrás de todo terrible hombre, siempre hay un tremendo hijoputa abogado. Ya lo decía mi abuelo.
Y uno sigue aquí, no sabe por qué, pagando 20 euros al mes, viendo escasa evolución y mejora. Y el profesor cada vez más gordito y viejecillo. Este mes ha echado a cuatro fumadores, devolviéndoles su dinero con absoluto asco y desprecio (un día de estos, les escupe, ya verás) y ha mandado a paseo a cinco o seis futuros alumnos que querían ver la clase más de 15 minutos. Tiempo de mirón superado. Ya te estás largando. Nunca más les vemos el pelo. Pobrecillos, ¿verdad?… ¡Qué va! Bienaventurados ellos. ¡De buena os habéis librado!. Tirad pitando para Merecumbé o Kentaky, que están ahí al lado y los profesores están cañón (menudos tipazos, y sin barriguita cervecera: ¿dónde se ha visto un profesor de baile con barriguita cervecera? Sí, sólo aquí. ¡Sólo aquí!). Son un poquillo más caros, sí, pero seréis más felices y aprenderéis que el culo es una zona que también tiene su propia movilidad... Palabra.
Y aquí sigue uno. Dejando pasar los meses. Porque el gordito es barato, que si no iba a venir su tía, vamos.
Y un día ocurre. Llegas como siempre, gris, a este lugar sórdido de cine en blanco y negro y entonces pasa.
Sin que sepas cómo ni por qué.
Tan rápido que ni lo notas.
Es como ver pasar toda tu vida en un resumen de 15 segundos ante tus asombrados ojos.
Sencillamente, llega.
Se te cuela en las entrañas una noche que el gordito le da al play.
Y te estremeces.
Un millón de alas de mariposas te agitan el corazón en un cosquillo enamorado.
Entonces dejas de oir la música, para empezar a escucharla y que te cuente cosas (¡cuánto tiene que contar!).
Sientes la música.
Y te enamoras. Tres mil pulsaciones por minuto cada vez que suena ese ritmo. Alas de mariposa. Un nudo en el pecho y el corazón en llamas.
Y cambias el pulso que imponían los latidos, por el pulso de la música. Ya no es sólo sangre lo que ese motor bombea.
No he sabido cómo ni por qué, pero me ha ocurrido.
Está en mis ojos, está en mis sueños, está en mi sonrisa, está en cada poro de mi piel, en los silencios, en los murmullos, en el sol o en la lluvia… Y me preguntan que qué me pasa. Que qué me he hecho. Que estoy más guapa.
Yo, que vine gris, a este cine en blanco y negro, sorda, muda, ciega, estúpida…
Y mirad hoy todo lo que me llevo: la alegría, la emoción que eriza la piel y arranca lágrimas cuando esta música de magia y sueño se cuela en mi alma… La belleza, los silencios que desbordan, el calor, el hechizo, los colores.
Y tus ojos.
El mundo que está en torno a mí se hace borroso y se diluye cuando bailo. No hay nadie más. Sólo yo y tus ojos.
Infinitamente nuestra tu mirada.
Y para ti, mi bendición, ya lo sabes: infinitas gracias, infinitos besos e infinitas rosas.
Y más allá.
(Y vosotros, no vengáis: quedaos en vuestra casa, que este tío es un borde y un fascista).
** Colaboración externa **

1 comentario:
Jajajaja, qué razón lleva ésta anónima!!!! Para mi gusto, hay algo que enseña Antonio que aún no lo he visto enseñar a nadie más y es esa manera tan particular de hacer que la chica sea la protagonista en la pareja y esa forma de hacer que el hombre se quede "en un segundo plano"
Mucha gente se va del Cónsul diciendo que Antonio no tiene estilo, que no mueve las caderas y un largo etc y es cierto, pero...
¿Qué chico te pide permiso para hacerte un paseo desde caderas?
Pues para mi, eso es estilo.
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